-Hola Beroldo, adelante, pase nomás.
-Hola doctor, ¿cómo le va?
-Muy bien, querida, ¿y usted?
-Corta de espacio
-¿Corta de espacio?
-Sí, llegué a la conclusión de que mi problema no es que estoy corta de tiempo sino de espacio.
- ¿Pero a qué se refiere, exactamente? ¿su casa es chica? ¿necesita más privacidad?
-No, doctor, no tiene nada que ver mi casa
-Pero no la entiendo, Beroldo. ¿no está hablando usted del espacio? ¿a qué espacio se refiere, si es tan amable de explicarme?
-No se impaciente, doctor. Espéreme, usted bien sabe que me lleva tiempo ordenar mis ideas y explicarlas claramente.
-No, está bien, piense tranquila
-El otro día hablábamos sobre las ideas que quedan en borrador, sobre la preocupación que eso me trae.
-Sí, recuerdo perfectamente. ¿Y el espacio tiene que ver con eso?
-Sí, creo que tal vez viene por ahí la cosa.
-¿Qué cosa?
-Quizás las ideas pasan al borrador por falta de espacio
-Ah, entonces no me está hablando de un espacio físico
-No, por supuesto que no, doctor
-Bueno, Beroldo, me lo dice como si fuera algo obvio. No se ofenda, pero a veces no consigo seguir tan fácilmente el hilo de sus pensamientos. Quisiera, pero no lo logro.
-No me ofendo, doctor. A veces, ni yo me entiendo
-Bueno, no exagere, era un comentario nomás. Entonces, me dijo que el problema radica en que las ideas no encuentran espacio
-Exactamente. Están a los codazos, se oponen unas a otras, se pisan, tratan de negociar cada milímetro. Muy de vez en cuando algunas se complementan, pero en general discuten un tiempo hasta que varias dan un paso al costado. Esas son las que pasan al borrador y se quedan ahí
-Pero qué interesante manera de analizar la situación
-¿A qué se refiere, doctor?
-A que se está refiriendo, nada más y nada menos, que a las contradicciones, Beroldo. A esas contradicciones internas que absolutamente todos tenemos.
-No lo había pensado de esa manera tan…
-¿Simplista?
-Sí, simplista podría ser. Bueno, no, en realidad, lo que hizo al resumir mi planteo problemático en un par de términos es darme un consuelo, quizás
-¿Un consuelo? Bueno, digamos que estoy acá para aliviar las aflicciones de los pacientes, pero no sé si usaría la palabra consuelo
-¿Y cuál usaría?
-¿Atención, cuidado, interés, reflexión, recomendación?
-Pero por supuesto que todos esos conceptos le sientan perfectamente. Lo que pasa es que cuando usted me habló de las contradicciones internas que todos tenemos, se me vino a la mente el refrán mal de muchos, consuelo de tontos. No me gusta ese refrán
-Ay, Beroldo, tengo que tener un cuidado para expresarme con usted... Tampoco creo que porque todos sufrimos contradicciones, eso deba ser suficiente consuelo como para dejar de preocuparse
-Ya lo sé, doctor, no se preocupe, usted se explicó perfectamente
-Querida, hago un trabajo mental para hablar con usted, que ni se imagina. Igual me viene muy bien como ejercicio. Elegir meticulosamente cada concepto a usar no es algo que haga todo el tiempo
-Por suerte, doctor
-Sí, la verdad… me hace reír, Beroldo. Es terrible
-Gracias, usted también
-¿Yo también soy terrible?
-Usted también me divierte, doctor. Al final, sí que es terrible
-Bueno, creo hay varias cosas para pensar, ¿no cree? ¿cómo se siente?
-Sí, estoy de acuerdo. Fue un buen debate. Aunque no lo crea, me hizo bien el hecho de que me haya corrido del centro
-¿Yo la corrí del centro?
-Sí, de alguna manera, sí. Al mostrarme que no soy la única que tiene problemas con el espacio
-¿Pero acaso no estaba en desacuerdo con ese refrán?
-Sí, lo sigo estando, pero no voy a ser necia y negarle que igual no me siento un poco mejor
-Interesante... la acompaño a la puerta
-Hasta pronto, doctor. Gracias por todo
-Hasta pronto, querida Beroldo. Es un gran placer
martes, 21 de junio de 2011
sábado, 11 de junio de 2011
Consulta médica XIV
-Adelante, Beroldo, pase por favor
-Hola doctor
-Me alegra finalmente verla. ¿Cómo se siente hoy?
-Muy bien, doctor, gracias
-¿No volvió a tener problemas para dormir?
-Por suerte, no. Es decir, a veces me cuesta conciliar el sueño pero no me ocurre siempre
-Bueno, téngame al día con eso. Si es necesario, llámame por teléfono. Usted sabe que a mí no me molesta, ¿verdad?
-Sí, lo sé. Y se lo agradezco infinitamente
- Igual, si me lo permite, quisiera hacerle una pregunta con respecto al tema
-¿A qué tema?
-¿De qué venimos hablando, querida?
-De mi problema para conciliar el sueño
-Exactamente
-Pregunte
-Evidentemente, cuando usted se acuesta, no logra relajarse fácilmente y por eso le cuesta dormirse. ¿En qué cosas piensa?
-Uh, no sabría especificarle
-No importa, Beroldo, no quiero que me cuente detalles, simplemente quisiera saber en qué tipo de cosas se queda pensando. ¿En lo que hizo durante el día, en lo que tiene que hacer al día siguiente, en algún episodio específico, en algo que la aqueja? ¿En qué?
-Siento que me está haciendo un interrogatorio, doctor
-No, no lo tome así. Discúlpeme, querida. Quise ser claro pero creo que la atosigué
-No se preocupe, fue claro. ¿Qué puedo decirle? Hay un poco de todo eso que mencionó. Pero acaso, ¿eso no es común? ¿usted no hace una especie de “balance” del día o de la semana cuando se va a dormir?
-Sí, claro que es común. Todos reflexionamos un poco sobre nuestro día, pero en algún momento es necesario desconectarse y así poder descansar. Y percibo que a usted le está costando justamente poder hacer eso
-Sí, tiene razón, doctor. Y ahora que me hace pensarlo, creo saber por qué me ocurre esto.
-¿Quiere decirme lo que piensa?
-Creo que me agarra miedo
-¿Miedo? No entiendo, ¿miedo a qué?
-Sí, es eso doctor. Es como si tratara de aferrarme el mayor tiempo posible
-¿Aferrarse a qué?
- Cuanto más tardo en dormirme, más dominio tengo
-Beroldo, no entiendo nada de lo que está hablando. ¿Me lo explica mejor?
-Sí, disculpe doctor. Es que ahora, en este momento, con esta charla me acabo de dar cuenta de qué es lo que me anda pasando y no tuve tiempo de ordenar las ideas
-Me hace reír, querida. Espero, entonces
-…
-¿Ya ordenó el discurso, puede expresarlo claramente?
-Sé que me está cargando, doctor. Pero sí, ahora estoy más ordenada
-La escucho
-Me acabo de dar cuenta de que mi problema radica en que, por las noches, pienso en todos los proyectos, en los planes que quiero llevar a cabo. Sí, es en lo que más pienso. En mis ideas
-¿En qué ideas?
-De todo tipo, ideas que se me ocurren durante el día y que a la noche retomo.
-Hasta acá no logro dilucidar el problema. Me parece muy bien el hecho de pensar en cómo llevar a cabo las ideas
-Justamente ahí radica mi problema. O mejor dicho, mi miedo
-Otra vez, ¿miedo a qué?
-A que esas ideas queden para siempre en borrador
-¿En borrador? Qué interesante forma de expresarlo
-Sí, en borrador. Creo que hay pensamientos, ideas y especialmente decisiones que, por algún motivo, quedan eternamente en nuestra sección “borrador” de la mente
-Creo que ahora sí la entiendo. Cuanto más tiempo se queda despierta pensando en esas ideas y decisiones que quisiera tomar, menos posibilidad de que queden en la nada. O como bien lo expresa usted, menos posibilidad de que pasen a ser un borrador que jamás se retomará
-Eso mismo. Por eso hablaba antes del dominio. Siento que si mantengo esas ideas ahí, como en la “superficie” de la mente, no van a pasar al borrador
-Muy pero muy interesante lo que analizó, Beroldo. Creo que hoy hemos avanzado suficiente. Ahora puedo decirle que, definitivamente, lo que usted necesita no son pastillas para dormir. La cuestión no pasa por ahí
-Totalmente de acuerdo, doctor. Y me alegra no necesitarlas
-Si le parece, la próxima continuamos el tema.
-Me parece muy bien
-Eso sí, no se lo “olvide”. No me lo mande al borrador.
-Muy gracioso, doctor
-Hasta la próxima, querida
-Hasta la próxima, doctor
-Hola doctor
-Me alegra finalmente verla. ¿Cómo se siente hoy?
-Muy bien, doctor, gracias
-¿No volvió a tener problemas para dormir?
-Por suerte, no. Es decir, a veces me cuesta conciliar el sueño pero no me ocurre siempre
-Bueno, téngame al día con eso. Si es necesario, llámame por teléfono. Usted sabe que a mí no me molesta, ¿verdad?
-Sí, lo sé. Y se lo agradezco infinitamente
- Igual, si me lo permite, quisiera hacerle una pregunta con respecto al tema
-¿A qué tema?
-¿De qué venimos hablando, querida?
-De mi problema para conciliar el sueño
-Exactamente
-Pregunte
-Evidentemente, cuando usted se acuesta, no logra relajarse fácilmente y por eso le cuesta dormirse. ¿En qué cosas piensa?
-Uh, no sabría especificarle
-No importa, Beroldo, no quiero que me cuente detalles, simplemente quisiera saber en qué tipo de cosas se queda pensando. ¿En lo que hizo durante el día, en lo que tiene que hacer al día siguiente, en algún episodio específico, en algo que la aqueja? ¿En qué?
-Siento que me está haciendo un interrogatorio, doctor
-No, no lo tome así. Discúlpeme, querida. Quise ser claro pero creo que la atosigué
-No se preocupe, fue claro. ¿Qué puedo decirle? Hay un poco de todo eso que mencionó. Pero acaso, ¿eso no es común? ¿usted no hace una especie de “balance” del día o de la semana cuando se va a dormir?
-Sí, claro que es común. Todos reflexionamos un poco sobre nuestro día, pero en algún momento es necesario desconectarse y así poder descansar. Y percibo que a usted le está costando justamente poder hacer eso
-Sí, tiene razón, doctor. Y ahora que me hace pensarlo, creo saber por qué me ocurre esto.
-¿Quiere decirme lo que piensa?
-Creo que me agarra miedo
-¿Miedo? No entiendo, ¿miedo a qué?
-Sí, es eso doctor. Es como si tratara de aferrarme el mayor tiempo posible
-¿Aferrarse a qué?
- Cuanto más tardo en dormirme, más dominio tengo
-Beroldo, no entiendo nada de lo que está hablando. ¿Me lo explica mejor?
-Sí, disculpe doctor. Es que ahora, en este momento, con esta charla me acabo de dar cuenta de qué es lo que me anda pasando y no tuve tiempo de ordenar las ideas
-Me hace reír, querida. Espero, entonces
-…
-¿Ya ordenó el discurso, puede expresarlo claramente?
-Sé que me está cargando, doctor. Pero sí, ahora estoy más ordenada
-La escucho
-Me acabo de dar cuenta de que mi problema radica en que, por las noches, pienso en todos los proyectos, en los planes que quiero llevar a cabo. Sí, es en lo que más pienso. En mis ideas
-¿En qué ideas?
-De todo tipo, ideas que se me ocurren durante el día y que a la noche retomo.
-Hasta acá no logro dilucidar el problema. Me parece muy bien el hecho de pensar en cómo llevar a cabo las ideas
-Justamente ahí radica mi problema. O mejor dicho, mi miedo
-Otra vez, ¿miedo a qué?
-A que esas ideas queden para siempre en borrador
-¿En borrador? Qué interesante forma de expresarlo
-Sí, en borrador. Creo que hay pensamientos, ideas y especialmente decisiones que, por algún motivo, quedan eternamente en nuestra sección “borrador” de la mente
-Creo que ahora sí la entiendo. Cuanto más tiempo se queda despierta pensando en esas ideas y decisiones que quisiera tomar, menos posibilidad de que queden en la nada. O como bien lo expresa usted, menos posibilidad de que pasen a ser un borrador que jamás se retomará
-Eso mismo. Por eso hablaba antes del dominio. Siento que si mantengo esas ideas ahí, como en la “superficie” de la mente, no van a pasar al borrador
-Muy pero muy interesante lo que analizó, Beroldo. Creo que hoy hemos avanzado suficiente. Ahora puedo decirle que, definitivamente, lo que usted necesita no son pastillas para dormir. La cuestión no pasa por ahí
-Totalmente de acuerdo, doctor. Y me alegra no necesitarlas
-Si le parece, la próxima continuamos el tema.
-Me parece muy bien
-Eso sí, no se lo “olvide”. No me lo mande al borrador.
-Muy gracioso, doctor
-Hasta la próxima, querida
-Hasta la próxima, doctor
jueves, 2 de junio de 2011
Consulta médica XIII
-¿Hola?
-Uh, metí la pata
-¿Es usted, Beroldo? ¿Cómo que metió la pata? ¿Está bien, necesita algo?
- No, disculpe doctor. Me equivoqué al marcar el número. Tengo una laguna en la mente o se me salió un tornillo
-Más bien veo que está en las nubes, ¿tendrá cabeza de novia?
-¿Me está tomando el pelo? En serio, más que en las nubes, estoy en la luna y no doy pie con bola
-Pero pare el carro y no se me ahogue en un vaso de agua, querida. ¿Necesita que le de una mano?
-No, no se preocupe. La realidad es que pasé una noche de perros, no pegué un ojo y ahora estoy hecha puré
-¿Pero qué hizo? ¿salió a romper la noche?
- No me tome para el lado de los tomates, doctor.
- La estoy cargando, Beroldo. Hoy tiene pocas pulgas. Usted bien sabe que estoy hecho de buena madera
-Sí, no me haga caso. Hoy salto como leche hervida. Tome con pinzas todo lo que le dije. Necesito dormir a pata suelta
-Sí, es probable que esté pasada de rosca
-Sí, estoy por el suelo y hago todo en cámara lenta
-Bueno, aunque vaya a paso de tortuga, hágame caso y vaya a descansar. Va a caer fusilada
-La verdad es que sí, estoy planchada
-Y además, la noto de capa caída, ¿puede ser?
- No, no le de vueltas al asunto. Le aseguro que mi problema es que estoy de cama
-Entonces, si está sin cuerda, no sea papafrita y acuéstese ya.
-Sí, le pongo punto final al asunto
-Perfecto, querida Beroldo. Que descanse. La espero pronto así me cuenta qué le pasó.
-Gracias doctor, y disculpe este papelón. No me da la cara.
-No se haga rollo, ¿quiere?
-Sí, mejor paro la máquina. Hasta pronto, doctor. Gracias nuevamente
-De nada, mi querida. Cuídese
-Uh, metí la pata
-¿Es usted, Beroldo? ¿Cómo que metió la pata? ¿Está bien, necesita algo?
- No, disculpe doctor. Me equivoqué al marcar el número. Tengo una laguna en la mente o se me salió un tornillo
-Más bien veo que está en las nubes, ¿tendrá cabeza de novia?
-¿Me está tomando el pelo? En serio, más que en las nubes, estoy en la luna y no doy pie con bola
-Pero pare el carro y no se me ahogue en un vaso de agua, querida. ¿Necesita que le de una mano?
-No, no se preocupe. La realidad es que pasé una noche de perros, no pegué un ojo y ahora estoy hecha puré
-¿Pero qué hizo? ¿salió a romper la noche?
- No me tome para el lado de los tomates, doctor.
- La estoy cargando, Beroldo. Hoy tiene pocas pulgas. Usted bien sabe que estoy hecho de buena madera
-Sí, no me haga caso. Hoy salto como leche hervida. Tome con pinzas todo lo que le dije. Necesito dormir a pata suelta
-Sí, es probable que esté pasada de rosca
-Sí, estoy por el suelo y hago todo en cámara lenta
-Bueno, aunque vaya a paso de tortuga, hágame caso y vaya a descansar. Va a caer fusilada
-La verdad es que sí, estoy planchada
-Y además, la noto de capa caída, ¿puede ser?
- No, no le de vueltas al asunto. Le aseguro que mi problema es que estoy de cama
-Entonces, si está sin cuerda, no sea papafrita y acuéstese ya.
-Sí, le pongo punto final al asunto
-Perfecto, querida Beroldo. Que descanse. La espero pronto así me cuenta qué le pasó.
-Gracias doctor, y disculpe este papelón. No me da la cara.
-No se haga rollo, ¿quiere?
-Sí, mejor paro la máquina. Hasta pronto, doctor. Gracias nuevamente
-De nada, mi querida. Cuídese
lunes, 30 de mayo de 2011
Consulta médica XII
-Buenas tardes, querida Beroldo
-Buenas tardes, doctor
-La noto muy seria, ¿le pasó algo?
-No, nada, estaba pensando en la razón de mi consulta
-Ah, muy bien, entonces vayamos a ella. La escucho
-Hay algo que me tiene un tanto preocupada y es que últimamente ando muy olvidadiza.
-¿Cree que está perdiendo la memoria?
-Bueno, justamente no quise decir que estoy perdiendo la memoria porque puede sonar más grave de lo que es. Olvidadiza me pareció un término más adecuado.
- Término preciso, qué importante es usar el término preciso. Esto, Beroldo, es algo que aprendí con usted y que estoy llevando a la práctica con todos mis pacientes. Bueno, volvamos a lo suyo.
- Sí, le explicaba que hace varias semanas que, de vez en cuando, tengo unos episodios que me llaman la atención. Por eso vine. Quiero saber si es normal que me pase.
-¿Qué episodios tiene? A ver, expláyese.
-Le cuento un par de situaciones concretas.
-La escucho.
-Dos o tres veces me pasó de no acordarme de si previamente me había lavado los dientes o no. A ver, doctor, el cuidado de mis dientes no es un gran problema. Me los vuelvo a lavar por las dudas y listo. Pero claramente, ese no es punto.
-No, claramente. ¿Qué más?
-La semana pasada no sólo olvidé que tenía un turno con el dentista sino que tampoco recuerdo dónde guardé la radiografía de la muela que pidió que me sacara.
-A ver, Beroldo, creo que…
-No, espere que tengo un episodio más.
-Ah, perdón, la escucho. Es que me había dicho que tenía un par de situaciones.
-Pero doctor, no tome todo al pie de la letra. Esto es una conversación. Yo, su interlocutora, necesito explayarme más para poder transmitirle lo que quiero y usted debe inferir, justamente, que mi intención como hablante preocupada es ejemplificarle diferentes situaciones para sentir que me entendió.
-No se ofenda así, mi querida Beroldo. Mi interrupción fue sin intención de faltarle el respeto. Prometo ser más cuidadoso.
-No es nada doctor. Perdóneme usted a mí.
-Entonces, cuénteme el último episodio.
-El más reciente y el que más me preocupa. Hace unos días dediqué toda la tarde a hacer un trabajo que debía entregarle a un profesor. Cuando terminé, luego de varias horas de no hacer nada más que escribir, fui a la cocina a prepararme algo de comer. No pude hacerlo, doctor. Me agarró tal laguna mental que no supe cocinar. Realmente, no podía coordinar los pasos a seguir para hacer nada. Tuve que pedir comida por teléfono. ¿Se da cuenta de lo que le digo? Tenía la mente en blanco. Eso sí que me inquietó.
-Discúlpeme que me sonría. ¿Saber qué es lo que tiene usted?
-No me diga estrés. Es demasiado previsible.
-Lamento desilusionarla pero eso iba a decirle.
-Qué pena.
-Hay períodos en los que muchos andamos con lo que se llama “sobrecarga intelectual”. Un exceso de trabajo intelectual puede conllevar a tener lagunas en la memoria. Ese exceso, sumado al desgaste físico, a las emociones fuertes, determina que el cerebro no mande toda la información a los centros de la memoria.
-Bien, es lo que me parecía. Lo que usted hizo fue explicármelo de manera clara y precisa.
-Y le agrego una cosa más. La comida también influye. Una alimentación deficiente puede ser responsable de anomalías en la memoria.
-Entiendo. Deberé tener en cuenta esto también.
-No se preocupe, Beroldo. Trate, eso sí, de dejarse un huequito para el ocio. Y coma mejor. Y sea más ordenada con sus estudios médicos.
-Noto que está disfrutando de esta consulta, doctor. No puede parar de sonreír.
-No sea mala, Beroldo. Sólo disfruto de poder ayudarla con su afección.
-Lo sé, doctor, lo estaba cargando. Le agradezco mucho esta consulta. Un tanto extraña, pero útil, muy útil.
-¿Extraña la consulta?
- Sí, ¿a usted no le parece?
-La verdad que no. Pero ahora me deja pensando.
-Hoy estoy terrible, doctor. No me haga caso. Debe ser el famoso estrés que me hace comportarme así.
-¿Así cómo?
-Como una niña inquieta que se aburre y no quiere seguir los consejos médicos.
-Sí que me hizo reír hoy, Beroldo. Pórtese bien y cuídese mucho. La espero pronto.
-Sí, muchas gracias. Hasta la próxima, doctor.
-Adiós, querida.
-Buenas tardes, doctor
-La noto muy seria, ¿le pasó algo?
-No, nada, estaba pensando en la razón de mi consulta
-Ah, muy bien, entonces vayamos a ella. La escucho
-Hay algo que me tiene un tanto preocupada y es que últimamente ando muy olvidadiza.
-¿Cree que está perdiendo la memoria?
-Bueno, justamente no quise decir que estoy perdiendo la memoria porque puede sonar más grave de lo que es. Olvidadiza me pareció un término más adecuado.
- Término preciso, qué importante es usar el término preciso. Esto, Beroldo, es algo que aprendí con usted y que estoy llevando a la práctica con todos mis pacientes. Bueno, volvamos a lo suyo.
- Sí, le explicaba que hace varias semanas que, de vez en cuando, tengo unos episodios que me llaman la atención. Por eso vine. Quiero saber si es normal que me pase.
-¿Qué episodios tiene? A ver, expláyese.
-Le cuento un par de situaciones concretas.
-La escucho.
-Dos o tres veces me pasó de no acordarme de si previamente me había lavado los dientes o no. A ver, doctor, el cuidado de mis dientes no es un gran problema. Me los vuelvo a lavar por las dudas y listo. Pero claramente, ese no es punto.
-No, claramente. ¿Qué más?
-La semana pasada no sólo olvidé que tenía un turno con el dentista sino que tampoco recuerdo dónde guardé la radiografía de la muela que pidió que me sacara.
-A ver, Beroldo, creo que…
-No, espere que tengo un episodio más.
-Ah, perdón, la escucho. Es que me había dicho que tenía un par de situaciones.
-Pero doctor, no tome todo al pie de la letra. Esto es una conversación. Yo, su interlocutora, necesito explayarme más para poder transmitirle lo que quiero y usted debe inferir, justamente, que mi intención como hablante preocupada es ejemplificarle diferentes situaciones para sentir que me entendió.
-No se ofenda así, mi querida Beroldo. Mi interrupción fue sin intención de faltarle el respeto. Prometo ser más cuidadoso.
-No es nada doctor. Perdóneme usted a mí.
-Entonces, cuénteme el último episodio.
-El más reciente y el que más me preocupa. Hace unos días dediqué toda la tarde a hacer un trabajo que debía entregarle a un profesor. Cuando terminé, luego de varias horas de no hacer nada más que escribir, fui a la cocina a prepararme algo de comer. No pude hacerlo, doctor. Me agarró tal laguna mental que no supe cocinar. Realmente, no podía coordinar los pasos a seguir para hacer nada. Tuve que pedir comida por teléfono. ¿Se da cuenta de lo que le digo? Tenía la mente en blanco. Eso sí que me inquietó.
-Discúlpeme que me sonría. ¿Saber qué es lo que tiene usted?
-No me diga estrés. Es demasiado previsible.
-Lamento desilusionarla pero eso iba a decirle.
-Qué pena.
-Hay períodos en los que muchos andamos con lo que se llama “sobrecarga intelectual”. Un exceso de trabajo intelectual puede conllevar a tener lagunas en la memoria. Ese exceso, sumado al desgaste físico, a las emociones fuertes, determina que el cerebro no mande toda la información a los centros de la memoria.
-Bien, es lo que me parecía. Lo que usted hizo fue explicármelo de manera clara y precisa.
-Y le agrego una cosa más. La comida también influye. Una alimentación deficiente puede ser responsable de anomalías en la memoria.
-Entiendo. Deberé tener en cuenta esto también.
-No se preocupe, Beroldo. Trate, eso sí, de dejarse un huequito para el ocio. Y coma mejor. Y sea más ordenada con sus estudios médicos.
-Noto que está disfrutando de esta consulta, doctor. No puede parar de sonreír.
-No sea mala, Beroldo. Sólo disfruto de poder ayudarla con su afección.
-Lo sé, doctor, lo estaba cargando. Le agradezco mucho esta consulta. Un tanto extraña, pero útil, muy útil.
-¿Extraña la consulta?
- Sí, ¿a usted no le parece?
-La verdad que no. Pero ahora me deja pensando.
-Hoy estoy terrible, doctor. No me haga caso. Debe ser el famoso estrés que me hace comportarme así.
-¿Así cómo?
-Como una niña inquieta que se aburre y no quiere seguir los consejos médicos.
-Sí que me hizo reír hoy, Beroldo. Pórtese bien y cuídese mucho. La espero pronto.
-Sí, muchas gracias. Hasta la próxima, doctor.
-Adiós, querida.
domingo, 22 de mayo de 2011
Consulta médica XI
- Adelante, querida Beroldo
- Hola doctor
- Teníamos algo pendiente, ¿verdad?
- Sí, lo que no pude explicarle la consulta anterior.
- El tema de su excesiva capacidad de síntesis.
- Exactamente. ¿Usted piensa que es un problema que debería tratar?
- Y no sé, querida, ¿usted lo considera un problema? ¿tiene, acaso, alguna consecuencia física? Exactamente, ¿de qué estamos hablando?
- Es que no tengo las cosas muy claras. Me gustaría encontrar alguna definición precisa que me ayudara a explicarle qué es lo que me pasa.
- A ver, déjeme pensar si encuentro yo un diagnóstico que la oriente. Observo lo siguiente: está acá por una consulta determinada y en vez de explayarse y explicarme de diferentes formas qué es lo que le está pasando, necesita encontrar una única definición que abarque con precisión lo que quiere transmitir.
- Yo no podría haberlo explicado mejor, doctor.
- Puedo arriesgar, entonces, que sufre de lo que clínicamente se conoce como “déficit tautológico” o “insuficiencia de Perogrullo”.
- Ah, pero mire usted qué curioso. Yo asociaba el término perogrullada a Quevedo, jamás se me hubiese ocurrido como término médico.
- Me extraña, Beroldo, ¿acaso no es usted la que afirma que la literatura está en todos lados?
- Me deja sin palabras, doctor. Tiene toda la razón.
- Volvamos a su situación, ¿qué puede decirme de estos diagnósticos que le dí? ¿Se ve reflejada en ellos?
- No sé, me hace dudar.
- ¿Qué es lo que la hace dudar?
- Que me haya diagnosticado así de rápido.
- ¿Pero acaso no vino en busca de eso?
- Sí, creo que sí. Lo que pasa es que también dudo de que esto sea realmente un problema para mí. Es decir, si yo quiero, puedo llegar a repetir una misma idea a través de distintas expresiones o puedo apelar a lo redundante para enfatizar un concepto.
- Bueno, entonces, quizás fui yo el que se adelantó al diagnosticar.
- Sí, creo que sí. Igualmente pienso que me lo hizo a propósito.
- No la entiendo, ¿qué cosa le hice a propósito?
- Dejémoslo acá, doctor. Nos pondríamos a hablar sobre su psicología inversa y no es lo que realmente interesa.
- Totalmente de acuerdo. Además, la psicología nunca fue mi fuerte.
- Su humor es muy particular, doctor.
- No sé exactamente a qué viene ese comentario pero gracias, querida.
- Lo veo la próxima. Muchas gracias como siempre.
- Usted bien sabe que es un placer. Hasta pronto, Beroldo.
- Adiós, doctor.
- Hola doctor
- Teníamos algo pendiente, ¿verdad?
- Sí, lo que no pude explicarle la consulta anterior.
- El tema de su excesiva capacidad de síntesis.
- Exactamente. ¿Usted piensa que es un problema que debería tratar?
- Y no sé, querida, ¿usted lo considera un problema? ¿tiene, acaso, alguna consecuencia física? Exactamente, ¿de qué estamos hablando?
- Es que no tengo las cosas muy claras. Me gustaría encontrar alguna definición precisa que me ayudara a explicarle qué es lo que me pasa.
- A ver, déjeme pensar si encuentro yo un diagnóstico que la oriente. Observo lo siguiente: está acá por una consulta determinada y en vez de explayarse y explicarme de diferentes formas qué es lo que le está pasando, necesita encontrar una única definición que abarque con precisión lo que quiere transmitir.
- Yo no podría haberlo explicado mejor, doctor.
- Puedo arriesgar, entonces, que sufre de lo que clínicamente se conoce como “déficit tautológico” o “insuficiencia de Perogrullo”.
- Ah, pero mire usted qué curioso. Yo asociaba el término perogrullada a Quevedo, jamás se me hubiese ocurrido como término médico.
- Me extraña, Beroldo, ¿acaso no es usted la que afirma que la literatura está en todos lados?
- Me deja sin palabras, doctor. Tiene toda la razón.
- Volvamos a su situación, ¿qué puede decirme de estos diagnósticos que le dí? ¿Se ve reflejada en ellos?
- No sé, me hace dudar.
- ¿Qué es lo que la hace dudar?
- Que me haya diagnosticado así de rápido.
- ¿Pero acaso no vino en busca de eso?
- Sí, creo que sí. Lo que pasa es que también dudo de que esto sea realmente un problema para mí. Es decir, si yo quiero, puedo llegar a repetir una misma idea a través de distintas expresiones o puedo apelar a lo redundante para enfatizar un concepto.
- Bueno, entonces, quizás fui yo el que se adelantó al diagnosticar.
- Sí, creo que sí. Igualmente pienso que me lo hizo a propósito.
- No la entiendo, ¿qué cosa le hice a propósito?
- Dejémoslo acá, doctor. Nos pondríamos a hablar sobre su psicología inversa y no es lo que realmente interesa.
- Totalmente de acuerdo. Además, la psicología nunca fue mi fuerte.
- Su humor es muy particular, doctor.
- No sé exactamente a qué viene ese comentario pero gracias, querida.
- Lo veo la próxima. Muchas gracias como siempre.
- Usted bien sabe que es un placer. Hasta pronto, Beroldo.
- Adiós, doctor.
domingo, 15 de mayo de 2011
Consulta médica X
- Buenas tardes, Beroldo
- Buenas tardes, doctor… Increíble, cada vez que vengo, me pasa exactamente lo mismo.
- ¿Qué le pasa?
- Dudo de si debo darle la mano o darle un beso.
- Pero querida, hace un tiempo que ya nos damos un beso. ¿Acaso eso la incomoda?
- No, por favor, doctor, para nada. Dejémoslo ahí. Son pavadas mías
- Pero me interesa saber qué es lo que le ocurre con eso. ¿Todavía siente que deberíamos saludarnos con un apretón de manos?
- Me pasa algo bastante contradictorio, y debo confesarle que no me pasa sólo con usted.
- A ver, la escucho.
- Nosotros ya hemos construido un cierto “vínculo”, por así decirlo.
- Sí, por supuesto. Es a lo que aspiro con todos mis pacientes. Cuanta más comodidad, mejor resulta la consulta. ¿No le parece? Igual, es cierto que no es posible tener el mismo grado de confianza con todos.
- No, lógicamente. Pero, por supuesto, me parece, como usted bien dice, que es necesario tratar de generar una cierta seguridad entre las dos partes, es decir, entre el médico y el paciente.
- Exactamente, Beroldo. Y por eso, me desconcierta que se sienta incómoda conmigo.
- No, doctor, no me malinterprete. No me siento para nada incómoda con usted.
- Me alegro de escuchar eso, pero entonces, ¿qué es exactamente lo que le pasa?
- Como le dije al principio, no es algo que me pase con usted específicamente, sino que me ocurre en diversas situaciones con diferentes personas. ¿Ha escuchado hablar del espacio personal?
- Sí, la distancia que dejamos entre la otra persona con la que estamos interactuando.
- Precisamente eso. Como bien sabe, ese espacio que dejamos, que respetamos, nos permite una interacción más cómoda, más agradable… Bueno, por supuesto, estamos hablando de algo cultural, y de cada persona en particular también.
- Sí, por supuesto. Y entonces, qué me quiere decir, Beroldo. ¿Siente que acá no se respeta ese espacio?
- No, para nada, doctor. No me estoy haciendo entender bien. Lo que quiero decirle es que es una cuestión mía, personal, un problema que yo tengo para delimitar las distancias zonales. Por ejemplo, mi duda de si le doy un beso o no, es justamente porque a veces siento que estoy invadiendo su espacio personal, que no me estoy adecuando en función a las circunstancias.
- ¿Pero acaso alguna vez me ha notado incómodo por habernos besado? O le doy vuelta la inquietud: ¿acaso siente que soy yo es que estoy invadiendo su espacio personal?
- Doctor, siento que lo ofendí.
- No, querida, para nada, ¿por qué habría de ofenderme? Sí me interesa saber si alguna vez se ha sentido incómoda en el consultorio. De ser así, haríamos los cambios necesarios para revertir esa situación. No son buenos los ambientes tensos para llevar adelante las consultas médicas.
- A ver, voy a tratar de ser bien clara, cosa que evidentemente hasta ahora no logré ser: usted no me pone incómoda, usted no ha invadido ningún espacio, en nuestros encuentros me siento más que cómoda, segura y satisfecha.
- Eso es lo que me parece a mí también.
- Justamente porque me siento tan cómoda es que a veces dudo de estar sobrepasándome, es decir, tengo miedo de desubicarme, de romper el vínculo médico-paciente. ¿Me entiende?
- La entiendo. Permítame decirle algo, mi querida Beroldo.
- Adelante, doctor. Lo que quiera.
- La relación médico- paciente, como usted la llama, se construye justamente entre las dos partes. Yo considero necesario que esta relación se fortalezca porque justamente eso forma parte del tratamiento. Sea cual sea el motivo de la consulta. Y déjeme decirle algo más, si usted se “sobrepasara” y no respetara el espacio del otro –acá o en cualquier otro lugar- seguramente sería debidamente informada o le darían claras señales de que lo que está haciendo molesta.
- Sí, seguramente.
- Sí, es así y acá, creo yo, jamás recibió queja alguna.
- No, para nada. Discúlpeme, doctor. Siento nuevamente que lo ofendí. Me habla como molesto.
- Para nada, Beroldo. Sólo quiero dejar en claro que acá tiene usted la libertad de hablar de lo que quiera, de actuar como le salga. Creo que siempre ha estado tácitamente claro que no nos dejamos llevar tanto por las “convenciones sociales”, por llamarlo de alguna forma.
- Totalmente, doctor. Ahora me siento un tonta por haber iniciado esto.
- Todo lo contrario. Me parece que hemos tenido una conversación muy útil que nos servirá para las futuras consultas. Por otro lado, aún no hablamos acerca del “verdadero” motivo de este encuentro.
- Es cierto, curiosamente venía a plantearle que siento que tengo una excesiva capacidad de síntesis y, a veces, reducir a términos tan precisos lo que quiero explicar, justamente logra que el otro necesite de la repetición para lograr entenderme. No sé si eso lo ve reflejado en nuestras consultas. Tampoco estoy segura de que realmente sea un problema a resolver. En fin, ya estoy un poco mareada.
- Interesante, Beroldo. Necesito un momento para pensarlo pero vamos a hacer una cosa. El siguiente encuentro lo tratamos. ¿Le parece? ¿Está en condiciones de que la deje ir?
- Totalmente. Hoy tuvimos un debate intenso y también necesito procesarlo para pasar al “verdadero” tema de la consulta.
- Esta fue una consulta sumamente interesante, Beroldo. Le aseguro que me quedo con muchas cosas para analizar. Ahora, por lo pronto, la acompaño hasta la puerta y con un beso, la despido hasta la próxima.
- Muy bien, doctor. Hasta la próxima.
-Adiós, Beroldo.
- Buenas tardes, doctor… Increíble, cada vez que vengo, me pasa exactamente lo mismo.
- ¿Qué le pasa?
- Dudo de si debo darle la mano o darle un beso.
- Pero querida, hace un tiempo que ya nos damos un beso. ¿Acaso eso la incomoda?
- No, por favor, doctor, para nada. Dejémoslo ahí. Son pavadas mías
- Pero me interesa saber qué es lo que le ocurre con eso. ¿Todavía siente que deberíamos saludarnos con un apretón de manos?
- Me pasa algo bastante contradictorio, y debo confesarle que no me pasa sólo con usted.
- A ver, la escucho.
- Nosotros ya hemos construido un cierto “vínculo”, por así decirlo.
- Sí, por supuesto. Es a lo que aspiro con todos mis pacientes. Cuanta más comodidad, mejor resulta la consulta. ¿No le parece? Igual, es cierto que no es posible tener el mismo grado de confianza con todos.
- No, lógicamente. Pero, por supuesto, me parece, como usted bien dice, que es necesario tratar de generar una cierta seguridad entre las dos partes, es decir, entre el médico y el paciente.
- Exactamente, Beroldo. Y por eso, me desconcierta que se sienta incómoda conmigo.
- No, doctor, no me malinterprete. No me siento para nada incómoda con usted.
- Me alegro de escuchar eso, pero entonces, ¿qué es exactamente lo que le pasa?
- Como le dije al principio, no es algo que me pase con usted específicamente, sino que me ocurre en diversas situaciones con diferentes personas. ¿Ha escuchado hablar del espacio personal?
- Sí, la distancia que dejamos entre la otra persona con la que estamos interactuando.
- Precisamente eso. Como bien sabe, ese espacio que dejamos, que respetamos, nos permite una interacción más cómoda, más agradable… Bueno, por supuesto, estamos hablando de algo cultural, y de cada persona en particular también.
- Sí, por supuesto. Y entonces, qué me quiere decir, Beroldo. ¿Siente que acá no se respeta ese espacio?
- No, para nada, doctor. No me estoy haciendo entender bien. Lo que quiero decirle es que es una cuestión mía, personal, un problema que yo tengo para delimitar las distancias zonales. Por ejemplo, mi duda de si le doy un beso o no, es justamente porque a veces siento que estoy invadiendo su espacio personal, que no me estoy adecuando en función a las circunstancias.
- ¿Pero acaso alguna vez me ha notado incómodo por habernos besado? O le doy vuelta la inquietud: ¿acaso siente que soy yo es que estoy invadiendo su espacio personal?
- Doctor, siento que lo ofendí.
- No, querida, para nada, ¿por qué habría de ofenderme? Sí me interesa saber si alguna vez se ha sentido incómoda en el consultorio. De ser así, haríamos los cambios necesarios para revertir esa situación. No son buenos los ambientes tensos para llevar adelante las consultas médicas.
- A ver, voy a tratar de ser bien clara, cosa que evidentemente hasta ahora no logré ser: usted no me pone incómoda, usted no ha invadido ningún espacio, en nuestros encuentros me siento más que cómoda, segura y satisfecha.
- Eso es lo que me parece a mí también.
- Justamente porque me siento tan cómoda es que a veces dudo de estar sobrepasándome, es decir, tengo miedo de desubicarme, de romper el vínculo médico-paciente. ¿Me entiende?
- La entiendo. Permítame decirle algo, mi querida Beroldo.
- Adelante, doctor. Lo que quiera.
- La relación médico- paciente, como usted la llama, se construye justamente entre las dos partes. Yo considero necesario que esta relación se fortalezca porque justamente eso forma parte del tratamiento. Sea cual sea el motivo de la consulta. Y déjeme decirle algo más, si usted se “sobrepasara” y no respetara el espacio del otro –acá o en cualquier otro lugar- seguramente sería debidamente informada o le darían claras señales de que lo que está haciendo molesta.
- Sí, seguramente.
- Sí, es así y acá, creo yo, jamás recibió queja alguna.
- No, para nada. Discúlpeme, doctor. Siento nuevamente que lo ofendí. Me habla como molesto.
- Para nada, Beroldo. Sólo quiero dejar en claro que acá tiene usted la libertad de hablar de lo que quiera, de actuar como le salga. Creo que siempre ha estado tácitamente claro que no nos dejamos llevar tanto por las “convenciones sociales”, por llamarlo de alguna forma.
- Totalmente, doctor. Ahora me siento un tonta por haber iniciado esto.
- Todo lo contrario. Me parece que hemos tenido una conversación muy útil que nos servirá para las futuras consultas. Por otro lado, aún no hablamos acerca del “verdadero” motivo de este encuentro.
- Es cierto, curiosamente venía a plantearle que siento que tengo una excesiva capacidad de síntesis y, a veces, reducir a términos tan precisos lo que quiero explicar, justamente logra que el otro necesite de la repetición para lograr entenderme. No sé si eso lo ve reflejado en nuestras consultas. Tampoco estoy segura de que realmente sea un problema a resolver. En fin, ya estoy un poco mareada.
- Interesante, Beroldo. Necesito un momento para pensarlo pero vamos a hacer una cosa. El siguiente encuentro lo tratamos. ¿Le parece? ¿Está en condiciones de que la deje ir?
- Totalmente. Hoy tuvimos un debate intenso y también necesito procesarlo para pasar al “verdadero” tema de la consulta.
- Esta fue una consulta sumamente interesante, Beroldo. Le aseguro que me quedo con muchas cosas para analizar. Ahora, por lo pronto, la acompaño hasta la puerta y con un beso, la despido hasta la próxima.
- Muy bien, doctor. Hasta la próxima.
-Adiós, Beroldo.
martes, 10 de mayo de 2011
Consulta médica IX
-¡Beroldo! ¿Qué le pasó en la cara?
-Hola, doctor.
-Perdón, hola, querida. Es que me tomó por sorpresa. Ya me parecía que algo no andaba bien cuando me informaron de este sobreturno.
-Sí, disculpe doctor, pero como puede observar, necesitaba venir con urgencia.
-Sí, claro. Y no pida disculpas. Siéntese y cuénteme qué le pasó. Tiene la cara muy colorada.
-Ni me hable, es terrible lo que tengo. Por favor, recéteme algo. Esta vez creo que sí necesito tomar algo.
-A ver, cálmese, querida. Vamos, que no es su estilo desesperarse así.
-Es cierto…¿pero usted me vio?
-¿Me cuenta qué le pasó, Beroldo?
-La realidad es que tuve unos días de mucha inspiración, pero lo curioso es que esa inspiración en ningún momento estuvo centrada en mis cosas sino en otras personas.
-¿Cómo sería eso?
- Sí, estuve…¿cómo podría definírselo?...estuve hecha una terrible cocorita.
- Me hace reír, Beroldo. Y dígame, ¿por qué estuvo hecha una “cocorita”?, como usted misma se endilgó.
-Me la pasé sugiriéndoles a otros un montón de ideas sobre cómo hacer sus trabajos. Así como se lo digo. A mi hermano, le afirmé que esa pieza que está sacando en el piano, no pega con su perfil y le sugerí otra. Le dije a un profesor que su bibliografía era demasiado aburrida. Estoy convencida de que si el escritor Levrero viviera, debería escribir sobre su relación con las nuevas computadoras. ¿Entiende lo que estoy diciendo?
- Sí, claro, que está llena de ideas pero ninguna es para usted.
-Bueno, sí, pero mi pregunta no iba a eso. ¿No se da cuenta, acaso, de que me puse en una posición soberbia, impertinente? Tengo mucha vergüenza, doctor.
-No lo creo. Más bien pienso que encontró la excusa perfecta para evadirse.
-¿Evadirme de qué?
-¿Le respondo, Beroldo?
-Qué picante que está hoy, doctor. Pero no, no me responda. Lo entiendo perfectamente.
-Querida Beroldo, estoy segurísimo de que usted tiene pilas y pilas de ideas que sacar de ese cajón donde las guardó.
- Eso es cierto, pero a veces siento que acumulo, acumulo pero no uso nada. ¿Estarán arrugadas, ya?
-¿Acaso le gusta todo llano, lisito, lineal, plano, recto…continúo?
- No, deje de bombardearme con sinónimos. No sé de dónde sacó esa manía.
-¿Usted no sabe que soy un viejo mañoso?
-Me rindo, doctor. Hoy está demasiado rápido para mí.
-Voy a tomar eso como un cumplido.
-Creo que ya obtuve lo que necesitaba.
-¿Cómo, no le receto nada, entonces?
-No, doctor, bien sabe que no lo necesito.
-La acompaño a la puerta.
-Hasta pronto, doctor.
-Hasta pronto, Beroldo.
-Ah, una cosa más.
-Sí, querida, ¿qué pasa?
-Muchas, muchas gracias.
-Un placer, Beroldo, un placer.
-Hola, doctor.
-Perdón, hola, querida. Es que me tomó por sorpresa. Ya me parecía que algo no andaba bien cuando me informaron de este sobreturno.
-Sí, disculpe doctor, pero como puede observar, necesitaba venir con urgencia.
-Sí, claro. Y no pida disculpas. Siéntese y cuénteme qué le pasó. Tiene la cara muy colorada.
-Ni me hable, es terrible lo que tengo. Por favor, recéteme algo. Esta vez creo que sí necesito tomar algo.
-A ver, cálmese, querida. Vamos, que no es su estilo desesperarse así.
-Es cierto…¿pero usted me vio?
-¿Me cuenta qué le pasó, Beroldo?
-La realidad es que tuve unos días de mucha inspiración, pero lo curioso es que esa inspiración en ningún momento estuvo centrada en mis cosas sino en otras personas.
-¿Cómo sería eso?
- Sí, estuve…¿cómo podría definírselo?...estuve hecha una terrible cocorita.
- Me hace reír, Beroldo. Y dígame, ¿por qué estuvo hecha una “cocorita”?, como usted misma se endilgó.
-Me la pasé sugiriéndoles a otros un montón de ideas sobre cómo hacer sus trabajos. Así como se lo digo. A mi hermano, le afirmé que esa pieza que está sacando en el piano, no pega con su perfil y le sugerí otra. Le dije a un profesor que su bibliografía era demasiado aburrida. Estoy convencida de que si el escritor Levrero viviera, debería escribir sobre su relación con las nuevas computadoras. ¿Entiende lo que estoy diciendo?
- Sí, claro, que está llena de ideas pero ninguna es para usted.
-Bueno, sí, pero mi pregunta no iba a eso. ¿No se da cuenta, acaso, de que me puse en una posición soberbia, impertinente? Tengo mucha vergüenza, doctor.
-No lo creo. Más bien pienso que encontró la excusa perfecta para evadirse.
-¿Evadirme de qué?
-¿Le respondo, Beroldo?
-Qué picante que está hoy, doctor. Pero no, no me responda. Lo entiendo perfectamente.
-Querida Beroldo, estoy segurísimo de que usted tiene pilas y pilas de ideas que sacar de ese cajón donde las guardó.
- Eso es cierto, pero a veces siento que acumulo, acumulo pero no uso nada. ¿Estarán arrugadas, ya?
-¿Acaso le gusta todo llano, lisito, lineal, plano, recto…continúo?
- No, deje de bombardearme con sinónimos. No sé de dónde sacó esa manía.
-¿Usted no sabe que soy un viejo mañoso?
-Me rindo, doctor. Hoy está demasiado rápido para mí.
-Voy a tomar eso como un cumplido.
-Creo que ya obtuve lo que necesitaba.
-¿Cómo, no le receto nada, entonces?
-No, doctor, bien sabe que no lo necesito.
-La acompaño a la puerta.
-Hasta pronto, doctor.
-Hasta pronto, Beroldo.
-Ah, una cosa más.
-Sí, querida, ¿qué pasa?
-Muchas, muchas gracias.
-Un placer, Beroldo, un placer.
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